El Documento Final profundiza la recepción eclesiológica del Vaticano II al presentar la sinodalidad como dimensión constitutiva de la Iglesia, fundada en la común dignidad bautismal. En continuidad con Lumen gentium, recupera la prioridad del Pueblo de Dios: todos los bautizados, incorporados a Cristo y ungidos por el Espíritu, participan de los tria munera —sacerdotal, profético y real— y son corresponsables de la misión. Esta igualdad fundamental no elimina la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios, sino que permite comprenderlos como dones recíprocos al servicio de la comunión y la misión. El sensus fidei adquiere así especial relevancia para el discernimiento eclesial. La novedad consiste, sobre todo, en extraer consecuencias prácticas de esta eclesiología conciliar: la participación de todos requiere procesos efectivos de escucha y discernimiento, organismos de participación adecuados y nuevas formas de ejercicio de la autoridad. La sinodalidad aparece así como una profundización y actualización de la eclesiología de comunión del Vaticano II.
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