Lo que todavía no tengo claro es cuáles son las empresas de mi país que colaboran directa o indirectamente con la minería y el extractivismo. Considero que conocerlas sería importante para actuar de manera coherente y evitar apoyarlas económicamente a través de mis decisiones de consumo.
Me resuena especialmente la necesidad de que estos temas lleguen al corazón de la Iglesia y de cada hermano y hermana. Aprendí que debemos hacerlo desde la alegría y la confianza franciscana en Dios: sin violencia, construyendo comunidad y, al mismo tiempo, manteniendo una resistencia firme frente al extractivismo y frente a todas aquellas prácticas que amenazan la vida, los territorios y la dignidad de los pueblos.
Me parece un gran desafío el largo camino que todavía debemos recorrer en la formación de nuestras comunidades eclesiales. La realidad avanza con urgencia y supera nuestros procesos de reflexión y formación. Mientras aprendemos a comprender la ecología integral y la ecoespiritualidad, las comunidades y la naturaleza ya están sufriendo las consecuencias de la explotación y del deterioro de la Casa Común. Esto exige acelerar nuestros procesos de concientización y convertirlos en acciones concretas.
Finalmente, todavía no me resultan familiares algunos conceptos que he descubierto durante el curso y que deberían comenzar a formar parte de mi vocabulario cotidiano. entiendo que no se trata de aprender nuevas palabras, sino de permitir que conceptos como ecoespiritualidad, extractivismo, colonialidad, interdependencia o pecado ecológico transformen mi manera de comprender la fe y de relacionarme con la creación y con Dios.