La categoría "Pueblo de Dios" no es una simple metáfora, sino el ser mismo de la Iglesia en la nueva alianza. Como puede constatarse en el capítulo II de LG, que supuso una verdadera "revolución copernicana" al poner lo común a todos los bautizados antes de las diferencias jerârquicas. En efecto, también el Doc. Final del Sínodo de la Sinodalidad, nos recuerda que el Pueblo de Dios no es la suma de individuos aislados, sino el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión (sin que por ello deba diluirse o perderse la individualidad concreta, en los dones, carismas, talentos y la vocación específica de cada uno de los bautizados, al contrario, es precisamente su espacio natural y su aporte ineludible a la edificación de todo el santo pueblo fiel de Dios). Somos un Pueblo peregrino que camina junto a todos los pueblos de la tierra, salvados en comunidad y llamados al testimonio evangélico.
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Cómo es posible armonizar desde el sentido fiel al espíritu y la hermeneutica conciliar del Vaticano II el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y el compromiso de cada hombre y mujer bautizado en su vocación específica y en sus circunstancias concretas, para salvaguardar no caer ni el extremismo del clericalismo, ni en el otro extremo de una cierta irresponsabilidad de cada bautizado por escudarse en el accionar pastoral del sujeto "comunitario"?
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