De lo expuesto en las clases me queda resonando una idea que considero fundamental y clave para una autentica apropiación de la sinodalidad: el concepto de Pueblo de Dios. Entendido no como un simple nombre o una categoría teológica.
Desde esta perspectiva, la eclesiogénesis nos ayuda a comprender que la Iglesia no nace solamente de una estructura o de una decisión institucional, sino de la acción de Dios que convoca, reúne y forma a su pueblo.
En este sentido, pasar de una mirada demasiado piramidal de la Iglesia a una comprensión más profunda de la comunión entre todos los bautizados requiere una conversión personal, comunitaria y estructural. Esto implica entender que:
- La catolicidad supone reconocer y valorar la diversidad. Si somos un Pueblo de Dios que vive en la historia y que tiene una misión, la unidad no significa que todos debamos pensar, vivir o expresarnos de la misma manera. La verdadera unidad se construye acogiendo las diferencias y aprendiendo a vivirlas desde la comunión.
- La corresponsabilidad debe ser una realidad y no solamente un concepto. La sinodalidad, entendida como este “caminar juntos”, no debería verse como algo pasajero o el concepto que esta de moda. Sino como la forma en que el Pueblo de Dios está llamado a vivir. La misión no corresponde únicamente a quienes tienen un ministerio ordenado, sino a todos los bautizados, cada uno desde su propia vocación y responsabilidad.