Con lo que quedo es la convicción de la importancia de la diferencia y de la diversidad en la Iglesia. Desde mi experiencia, hemos puesto demasiado énfasis en una comunión entendida como uniformidad (en pensar, celebrar, organizarse, realizar la pastoral, según un modelo romano o europeo). Me ayudó a comprender que la diferencia no es solamente un hecho sociológico, sino que tiene un verdadero significado eclesiológico.
Las diferencias no son algo accidental ni un añadido a una forma universal de Iglesia. Tampoco son simples adaptaciones prácticas o adornos culturales. En realidad, no existe una Iglesia en estado puro, separada de las culturas. La diversidad pertenece al modo concreto en que existe la Iglesia católica y contribuye a constituir su catolicidad. La comunión, por tanto, no elimina las diferencias, sino que las integra mediante las relaciones, el reconocimiento mutuo y el intercambio de dones.
También me ayudó el fundamento trinitario de esta concepción: el único Dios es comunión de tres Personas distintas, cada una plenamente divina. De modo análogo, la Iglesia existe de manera concreta y plena en las Iglesias locales. Cada Iglesia local es plenamente Iglesia, pero no es toda la Iglesia. La relación entre la Iglesia local y la Iglesia universal puede comprenderse como una perichóresis, es decir, como una presencia e interrelación recíprocas. La comunión sinodal adquiere una forma concreta cuando las Iglesias se relacionan, se reconocen mutuamente y comparten los dones que han recibido.
Y aqui mi presentación sobre el intercambio de los dones:
https://docs.google.com/presentation/d/1xX-bgdqUYlpkgIBLZSjiznzyO5PO-IdT/edit?usp=sharing&ouid=105477079573688450888&rtpof=true&sd=true