La constitución dogmática Lumen Gentium (LG) operó un giro copernicano al redescubrir a la Iglesia como «Pueblo de Dios». En este nuevo horizonte, la misión y la sinodalidad emergen no como actividades periféricas o modas teológicas, sino como las dos dimensiones constitutivas del ser eclesial: la Iglesia existe para evangelizar (misión) y lo hace caminando junta en corresponsabilidad (sinodalidad). Este viraje teológico le debe una deuda impagable a las intuiciones y al sufrimiento intelectual del fraile dominico Yves Congar, cuyas obras sobre el laicado y la comunión prepararon el terreno para esta Iglesia en estado de comunión, escucha y salida.
La catolicidad misionera como diálogo e integración cultural, no se comporta como un rodillo cultural que absorbe la diversidad para uniformarla bajo un único molde occidental, sino como una dinámica de encarnación. La misión, por tanto, se convierte en el vehículo de una catolicidad que no teme a la alteridad, sino que la necesita para desplegar su plenitud.