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El Pueblo Escatológico de Dios


Texto seleccionado: La Formación de la Iglesia en el Nuevo Testamento: El Pueblo Escatológico de Dios

Alumnos: María Magdalena Medina, Michel Rosario Vargas, Edwin Vicente Ramírez


Al leer este texto del padre Carlos María Galli surge la pregunta: ¿cómo llegó la comunidad de los discípulos de Jesús a reconocerse como Pueblo de Dios?. Él presenta este proceso como una “eclesiogénesis”: es decir un proceso histórico y teológico mediante el cual se va formando la Iglesia y, al mismo tiempo, va tomando conciencia de su identidad como Pueblo de Dios. Hay una historia que viene desde Israel, toma una forma nueva en la actividad de Jesús, encuentra su centro en la Pascua y se afianza con el don del Espíritu y la vida de las primeras comunidades; en ese camino la Iglesia va tomando conciencia de quién es: un Pueblo convocado por Dios, que vive en la historia y camina hacia la plenitud de sus promesas.

Para comprender ese Pueblo hay que mirarlo en relación con el Reino: Jesús anuncia que el Reino de Dios está cerca y, al mismo tiempo, reúne al Pueblo que ha de recibirlo; la elección de los Doce recuerda a las doce tribus de Israel y expresa simbólicamente esa reunión, los discípulos y discípulas forman alrededor de Jesús una comunidad que anticipa lo que Israel está llamado a ser. 


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Aquí se comprende mejor la palabra “escatológico”, que es fundamental en el título del texto. En Jesús comienza a hacerse presente aquello que se esperaba para el final: el Reino ya ha irrumpido en la historia, la salvación ya está actuando y el Pueblo ya ha sido convocado; pero la plenitud todavía está por venir. La Iglesia vive, por tanto, entre el “ya” y el “todavía no”. La Pascua es el centro de esta novedad y Pentecostés manifiesta que el Espíritu anima y envía a la comunidad, por eso este Pueblo es peregrino: vive y cumple su misión en la historia, pero su horizonte no termina en ella. Los reinos humanos aparecen y desaparecen; el Reino de Dios, en cambio, pertenece al orden definitivo inaugurado por Cristo.

Desde aquí podemos comprender mejor la relación entre Pueblo de Dios, sinodalidad y misión. La sinodalidad no consiste simplemente en hacer reuniones, consultar o repartir tareas. El Documento Final del Sínodo la expresa como el caminar juntos de los cristianos con Cristo y hacia el Reino de Dios, en unión con toda la humanidad y orientados a la misión. Esta formulación ilumina muy bien lo que encontramos en Galli: el sujeto que camina es el Pueblo que Dios convoca; es un Pueblo formado por muchos pueblos, que aprende a escuchar y discernir bajo la acción del Espíritu; y no camina hacia sí mismo, sino hacia el Reino. Hechos 15 ofrece una imagen concreta de este modo de caminar, cuando la comunidad discierne una cuestión decisiva para su misión y puede decir: “el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido”.

Al final, estas categorías no quedan separadas. Pueblo de Dios expresa quién es la Iglesia; la sinodalidad, cómo camina; la misión, para qué ha sido enviada; y la escatología, hacia dónde se dirige. Dios reúne en Cristo un Pueblo abierto a todos para anunciar su Reino, ya presente pero todavía esperado en plenitud. Así, “Pueblo escatológico de Dios” resume una Iglesia que pertenece a Dios, vive en misión y camina hacia su Reino.

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Por eso Pueblo y Reino no son dos realidades separadas: no hay Pueblo sin Reino, porque este Pueblo existe bajo el reinado de Dios; y el Reino busca hacerse presente en un pueblo concreto, que el padre Galli llega a presentar como su “lugar social”. La Iglesia no se identifica con el Reino, sino que está llamada a ser su germen, signo e instrumento y en cuanto a su misión: Dios reúne a su Pueblo no para encerrarlo en sí mismo, sino para servir al Reino y anunciarlo.

Así surge otra pregunta: ¿quién puede formar parte de este Pueblo? Después de la Pascua se hace cada vez más clara la apertura a los gentiles, la pertenencia ya no depende de la circuncisión, sino de la fe en Cristo y de la incorporación bautismal. La Asamblea de Jerusalén muestra que esta apertura no fue un asunto menor, sino un verdadero discernimiento de la comunidad ante la acción del Espíritu. 

La Iglesia va comprendiendo que Dios está formando un solo Pueblo a partir de muchos pueblos, por eso su universalidad no es un añadido posterior, sino una dimensión de su propia identidad y misión. La elección de un Pueblo particular está orientada desde el comienzo a que la bendición de Dios alcance a todas las naciones.

Pero no estamos hablando de cualquier pueblo. El texto llama la atención sobre algo muy sencillo y, a la vez, muy profundo: es Pueblo “de Dios”; ese “de” indica pertenencia e iniciativa, es Dios quien elige, llama y convoca; el Pueblo responde en la fe. La fórmula de la Alianza: “ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”, expresa esta relación. 

La Iglesia, por tanto, no se crea a sí misma ni es solamente una organización humana. Es convocada por la Palabra, reunida en Cristo y vivificada por el Espíritu. Y porque pertenece a Dios, su elección no puede entenderse como privilegio o encierro, sino como consagración y responsabilidad para la misión.

En este recorrido, Israel es indispensable para comprender cómo Dios realiza la salvación dentro de la historia concreta. La Iglesia no comienza una historia distinta ni puede entenderse olvidando a Israel, hay continuidad, porque es el mismo Dios y el mismo designio de salvación; pero también hay novedad, porque en la Encarnación, la Pascua y el don del Espíritu comienza una etapa definitiva. El padre Galli habla de una continuidad que incluye novedad: el Pueblo eclesial emerge de Israel y, al mismo tiempo, se abre a hombres y mujeres de todas las naciones. Así, la historia de la salvación no ocurre fuera del mundo, sino en pueblos, acontecimientos y procesos concretos que Dios conduce hacia su plenitud.

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