Un saludo fraterno a todos.
Uno de los aspectos que más me ha resonado durante este curso ha sido profundizar en la comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios, especialmente a partir de la constitución dogmática Lumen Gentium. Esta categoría nos recuerda que la Iglesia no es solamente una institución con estructuras y ministerios, sino, ante todo, un pueblo convocado por Dios, unido en Cristo y guiado por el Espíritu Santo.
Me resulta particularmente significativo comprender que la sinodalidad no es simplemente una nueva manera de organizar la vida eclesial. Es una invitación a redescubrir nuestra identidad como bautizados, llamados a caminar juntos, a escucharnos y a participar en la misión que Cristo ha confiado a su Iglesia. Esto no significa desconocer la diversidad de vocaciones y ministerios, sino reconocer que todos, desde nuestra propia condición, estamos llamados a contribuir a la edificación del Pueblo de Dios.
Por eso, considero que uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades es pasar de comprender la sinodalidad como un concepto teológico a vivirla como una experiencia cotidiana de comunión, participación y misión. Me quedo con una convicción: somos un Pueblo peregrino que, sostenido por el Espíritu Santo, camina unido hacia la plenitud del Reino de Dios.
Y esto me lleva a preguntarme: ¿cómo podemos hacer que nuestras comunidades sean verdaderos espacios donde cada bautizado se sienta parte de la Iglesia y asuma con alegría su responsabilidad en la misión evangelizadora?