Las asambleas eclesiales están llamadas a ser más que encuentros ocasionales dentro de la vida de la Iglesia. Pueden convertirse en espacios permanentes de escucha, discernimiento, toma de decisiones, acción y evaluación, capaces de involucrar a las comunidades desde sus realidades concretas y de articular los distintos niveles de la vida eclesial.
Este fue uno de los principales planteamientos del séptimo encuentro de implementación del Sínodo, dedicado a la realización regular de asambleas eclesiales locales y regionales. La jornada tuvo como fin reflexionar sobre la periodicidad de estos espacios, los momentos adecuados para convocarlos, su preparación y composición, así como su perfil como organismos de discernimiento, proyección pastoral, toma de decisiones, evaluación y rendición de cuentas.
El encuentro contó con la participación del teólogo brasileño Agenor Brighenti, la religiosa argentina Daniela Cannavina y el sacerdote jesuita peruano Juan Bitón, quienes abordaron, desde perspectivas teológica y pastoral, el desafío de llevar la sinodalidad a las comunidades, parroquias, diócesis y otros ámbitos de la Iglesia.
Escuchar, discernir y decidir juntos
Agenor Brighenti explicó que las asambleas son organismos necesarios para posibilitar la participación del Pueblo de Dios. En una Iglesia sinodal, señaló, la participación está vinculada a tres acciones inseparables: escuchar, discernir y tomar decisiones. “La iglesia como un todo” está llamada a ejercer estas funciones como parte de un mismo proceso, dijo. En este sentido, distinguió entre el consejo pastoral y la asamblea pastoral. Mientras el primero tiene la tarea de acompañar y dar seguimiento a las decisiones, la asamblea constituye un espacio para la escucha, el discernimiento y la toma de decisiones.
Brighenti remarcó además que una asamblea sinodal no puede estar integrada de manera arbitraria. Sus miembros deben representar realmente a las comunidades y, de acuerdo con el documento final del Sínodo, los representantes pueden ser delegados e incluso elegidos por las propias comunidades.
La participación, sostuvo, debe alcanzar también a quienes ejercen responsabilidades de conducción. Obispos, presbíteros, laicos, laicas, religiosos y religiosas forman parte de un mismo Pueblo de Dios, aunque desempeñen funciones diferentes. “Quien preside no decide solo”, recordó. Su tarea consiste en “armonizar la participación y la decisión corresponsable entre todos”.
Periodicidad que permita evaluar y rendir cuentas
El teólogo brasileño también propuso distinguir los tiempos de las asambleas según su finalidad. Las asambleas destinadas a proyectar la acción pastoral podrían realizarse cada cuatro o cinco años, mientras que las de revisión, evaluación y rendición de cuentas deberían tener una periodicidad anual.
Los consejos pastorales, por su parte, tendrían que reunirse con mayor frecuencia, incluso mensualmente, para acompañar la ejecución de las decisiones adoptadas por las asambleas. Para Brighenti, esta dinámica evita que las decisiones queden concentradas en los niveles superiores. El proceso debería comenzar en las comunidades, continuar en las parroquias y llegar posteriormente a las diócesis y otros ámbitos más amplios. “Un proceso sinodal tiene que ser inductivo desde abajo”, sostuvo.
De esta manera, una asamblea diocesana podría recoger el camino realizado previamente en parroquias y comunidades, generando una representación que nace desde las bases. El modelo responde, explicó, al principio de subsidiariedad y permite que los ámbitos más amplios estén al servicio de los más básicos, evitando una lógica de centralización.
Iglesia de todo el Pueblo de Dios
Brighenti recordó también el proceso de transformación del Sínodo de los Obispos durante el pontificado de Francisco. La participación dejó de estar reservada exclusivamente a los obispos y comenzó a incorporar a mujeres, presbíteros, laicos y laicas, incluidos con derecho a voto en el proceso sinodal.
En América Latina, explicó, existe una experiencia previa de asambleas diocesanas, parroquiales y comunitarias con participación del Pueblo de Dios. El desafío pendiente, a su juicio, está especialmente en el ámbito nacional, donde las conferencias episcopales necesitan avanzar hacia formas más inclusivas de participación. Como experiencia mencionó Brasil, donde desde 1986 se realizan asambleas nacionales del Pueblo de Dios con participación de obispos, presbíteros, religiosos, religiosas, laicos y laicas. Inicialmente se celebraban cada dos años y, desde la década de 2000, pasaron a realizarse cada cuatro años.
En la misma línea, señaló que a nivel de la Iglesia universal está prevista para 2028 una asamblea eclesial y planteó la posibilidad de que América Latina dé continuidad a la experiencia de la primera Asamblea Eclesial mediante una segunda experiencia continental, en lugar de regresar a un modelo centrado exclusivamente en obispos.
La asamblea no es la sinodalidad, pero puede enseñarla
La Hna. Daniela Cannavina compartió el significado eclesiológico de las asambleas a partir del numeral 107 del documento final del Sínodo. A su juicio, la propuesta de realizar asambleas eclesiales locales y regionales de manera regular va mucho más allá de una cuestión organizativa. “La asamblea no constituye por sí misma la sinodalidad”, explicó. Es, más bien, “un espacio privilegiado” para que la Iglesia aprenda a escucharse, discernir, caminar junta y tomar decisiones.
Para la religiosa, la periodicidad de estos espacios parte de reconocer que la Iglesia es una comunidad viva, que necesita interpretar lo que acontece en cada tiempo y contexto. Esto implica escuchar la realidad local, las experiencias de las personas y comunidades, los clamores de quienes sufren, las preguntas de las nuevas generaciones y la diversidad de las iglesias locales. La escucha, aclaró, tampoco puede limitarse a recoger opiniones. Requiere tiempo y espacio para que aparezcan experiencias que habitualmente tienen menos posibilidades de ser escuchadas.
En este proceso, la Hna. Cannavina describió una dinámica circular: la escucha conduce al discernimiento; el discernimiento, a la decisión; la decisión, a la acción; y la acción, a la evaluación. Después de evaluar, la comunidad vuelve a escuchar. “Se abraza un proceso de ida y vuelta en crecimiento”, aseguró.
Iglesia que aprende de sus territorios
La realización de asambleas en diferentes niveles también permite reconocer el valor de las experiencias locales. Para la Hna. Cannavina, las comunidades, diócesis y regiones no constituyen espacios secundarios frente a la Iglesia universal. Sus experiencias pueden aportar nuevas comprensiones de la realidad y de la misión.
“La sinodalidad” favorece una “interacción fecunda” entre los distintos niveles: lo local aporta su experiencia, lo regional articula y discierne, y lo local vuelve a recibir aquello que fue discernido para enriquecer su camino cotidiano. Esta dinámica, explicó, ayuda a superar modelos excesivamente verticales y permite reconocer una Iglesia más policéntrica. La diversidad no debe ser eliminada en nombre de una uniformidad rápida. Por el contrario, las diferencias pueden convertirse en una fuente de riqueza para buscar juntos aquello que puede ser reconocido como camino común.
La participación también plantea preguntas sobre el ejercicio de la autoridad: quién tiene la palabra, quién es escuchado, quién queda fuera y qué ocurre con aquello que las comunidades han expresado.
Para la Hna. Cannavina, no basta con abrir espacios de consulta mientras las decisiones permanecen inalterables. “La escucha auténtica tiene consecuencias”, sostuvo, porque puede exigir transformaciones en los estilos, relaciones y formas de ejercer la autoridad. Por eso definió las asambleas como una posible “escuela de sinodalidad”. La sinodalidad, sostuvo, no se aprende únicamente mediante documentos, discursos o webinars, sino “practicándola”.
Escucha abierta al territorio y a otras confesiones
La propuesta de las asambleas también incorpora una dimensión ecuménica e interreligiosa. La Hna. Cannavina señaló que la consulta no debería limitarse al interior de la Iglesia, sino abrirse a otras iglesias y confesiones cristianas y a quienes comparten los mismos territorios. “La iglesia no se escucha solamente a sí misma”, recordó. La apertura a otras experiencias y búsquedas exige una actitud de humildad para reconocer que también pueden llegar palabras significativas desde fuera de los espacios eclesiales habituales.
La religiosa puso además el acento en lo que ocurre después de una asamblea. La cuestión, dijo, no es únicamente cuántas se realizan, sino qué cultura eclesial generan.
Por ello planteó preguntas sobre la continuidad: si se sigue escuchando después de la asamblea, si las decisiones se ponen en marcha, si se evalúan los procesos, si se mantiene la participación y si las comunidades vuelven a ser consultadas cuando sea necesario. “La sinodalidad para ser tal requiere continuidad”, expresó.
“Se aprende a nadar nadando, se aprende a ser sinodal practicando la sinodalidad”
Desde la experiencia pastoral, el jesuita Juan Bytton presentó el proceso desarrollado en la Arquidiócesis de Lima y en otras jurisdicciones del Perú. “Se aprende a nadar nadando, se aprende a ser sinodal practicando la sinodalidad”, expresó al comentar que, después de los avances realizados en formación y reflexión, ha llegado el momento de poner en práctica lo aprendido.
Bytton habló sobre el papel de las parroquias como espacios para dinamizar la sinodalidad. Las describió como lugares de encuentro, relaciones, renovación de procesos y vínculos, desde donde pueden articularse las distintas experiencias de la vida eclesial.
También relacionó esta práctica con la experiencia de estar cerca de las comunidades. Recordando a Gustavo Gutiérrez, señaló que, del mismo modo que no se puede hablar de una opción por los pobres sin vivir cerca de ellos, tampoco es posible hablar de sinodalidad sin estar “codo a codo” con las comunidades parroquiales. El sacerdote manifestó que una asamblea debe entenderse como un proceso que tiene un antes, un durante y un después. La experiencia pastoral aporta, a su juicio, una parte fundamental del camino sinodal, incluso más allá de lo que pueda ofrecer la reflexión teórica.
La experiencia de 129 parroquias de Lima
Como ejemplo, el padre Bytton explicó que, en el proceso sinodal de la Arquidiócesis de Lima, 129 de sus 130 parroquias realizaron asambleas sinodales parroquiales. Posteriormente, en enero de 2026, la segunda asamblea sinodal arquidiocesana reunió a representantes de las 130 parroquias y contó con la participación de más de 900 agentes pastorales. De este proceso surgió una carta pastoral para acompañar la aplicación de las propuestas, entendida desde una perspectiva propositiva.
La experiencia también comenzó a extenderse a otras jurisdicciones. En marzo de 2026 se realizó el primer encuentro nacional de equipos sinodales del Perú, con la participación de 36 de las 54 jurisdicciones eclesiásticas. Posteriormente, en Lima, se realizó el primer encuentro de equipos sinodales de la provincia eclesiástica de Lima, con siete diócesis.
El sacerdote jesuita insistió en que no se trata de establecer una carrera entre diócesis. “Nadie está delante, nadie está atrás”, señaló. Cada realidad eclesial tiene su propio momento y debe ser acompañada y respetada.
La geografía también forma parte del proceso
La experiencia peruana mostró además que las estrategias sinodales necesitan considerar las características de cada territorio. El sacerdote recordó que el país reúne costa, sierra y selva, y que existen parroquias de la Amazonía a las que solo se puede llegar después de varias horas de navegación.
Por ello, una asamblea requiere planificación, prioridades y adaptación a las condiciones concretas de cada comunidad. “La sinodalidad no es un tema, es una actitud”, dijo, una plataforma para conversar sobre aquello que la vida eclesial y social está viviendo en cada momento.
Esta experiencia también pone en práctica la corresponsabilidad diferenciada planteada en el documento final del Sínodo. La pregunta deja de ser únicamente qué dice la teoría y pasa a ser qué puede hacer cada persona y dónde puede colaborar.
Formación y recepción de experiencias
Bytton llamó además a revisar los procesos continentales. América Latina, dijo, ha desarrollado una amplia experiencia de formación, pero ahora necesita otorgar la misma importancia a la recepción y sistematización de las experiencias.
La etapa actual, vinculada a la implementación del Sínodo, requiere recoger lo que ya ocurre en las comunidades, compartir experiencias y evaluar los procesos. Para ello consideró importante “institucionalizar la praxis sinodal”, sin reducirla a una cuestión meramente organizativa.
A su juicio, existen numerosas experiencias que todavía no han sido mapeadas y que pueden ofrecer nuevas perspectivas para la vida de la Iglesia. El objetivo último, recordó, es la evangelización: cuanto más cercana sea la Iglesia al lenguaje y a las realidades de las personas de hoy, más claro podrá hacerse el anuncio de Jesucristo.
Redes sociales: riesgo y oportunidad para la participación
Durante el diálogo con los participantes surgió también la pregunta sobre los prejuicios que circulan en redes sociales respecto de la religiosidad y su posible impacto en la sinodalidad.
Brighenti señaló que el espacio digital presenta posibilidades, pero también riesgos de aislamiento e individualismo. Las redes pueden complementar la participación presencial, conectar con otros espacios y permitir la participación de personas que no pueden estar físicamente. Su propuesta fue entenderlas como “una aliada”, más que como punto de partida, y relacionar lo virtual con experiencias de encuentro.
La Hna. Cannavina añadió que las redes pueden convertirse en canales para dar a conocer experiencias sinodales que actualmente permanecen poco visibles. Compartir estas prácticas puede ampliar la comprensión de la sinodalidad y evitar que el espacio digital quede reducido a mensajes que confunden o desinforman.
El padre Bytton, por su parte, recordó que también deben escucharse las voces críticas o las resistencias que aparecen en las redes. Si toda la Iglesia está convocada al Sínodo, quienes tienen dificultades con el proceso también forman parte de la realidad que debe ser escuchada. En este sentido, planteó recuperar una humanidad que no quede subordinada a la tecnología: “volver a la realidad que crea la virtualidad y no a la virtualidad que era la realidad”.
¿Qué hacer cuando una parroquia todavía no conoce la sinodalidad?
Otra de las preguntas del público expuso una situación presente en algunas comunidades: parroquias donde todavía no se ha realizado ningún encuentro sobre la sinodalidad y donde incluso se desconoce el proceso. La Hna. Daniela Cannavina reconoció que se trata de una realidad extendida y propuso dialogar con quienes están al frente de las comunidades, pero también generar procesos en los que sean las propias comunidades las que expresen la necesidad de estos espacios. Las reuniones de los consejos pastorales y otras modalidades de encuentro pueden constituir pasos previos para construir una experiencia de búsqueda compartida y lectura de la realidad local.
El padre Bytton coincidió en que el diagnóstico ya está identificado: existen comunidades que presentan resistencia o apatía frente a la sinodalidad. El desafío actual, sostuvo, es desarrollar estrategias para acercarse a esas realidades y generar procesos que permitan conocer, experimentar y vivir el camino sinodal.
El teólogo Brighenti puso el acento en la responsabilidad de la Iglesia local y en el papel del obispo. A su juicio, el obispo debe actuar junto con el presbiterio y los laicos, y asumir una función de animación para que las parroquias puedan ponerse en camino.
Equipos sinodales: una tarea todavía abierta
La conversación también abordó las dificultades que generan los equipos sinodales en algunas parroquias, especialmente cuando son percibidos como una amenaza o cuando no está claro cuál es su relación con los consejos pastorales. Bytton explicó que los equipos sinodales son una iniciativa importante para dinamizar el proceso, pero que todavía existen dificultades para comprender su función y su reconocimiento dentro de las estructuras diocesanas.
Como respuesta, compartió la experiencia de elaborar un manual básico y práctico sobre las asambleas sinodales, los equipos sinodales y los objetivos del camino sinodal. Este material, señaló, ha ayudado a impulsar las asambleas parroquiales.
El sacerdote recurrió a la parábola del sembrador para describir esta etapa: “El Señor nos dejó la parábola del sembrador, no la del cosechador”. La tarea, dijo, es seguir sembrando, manteniendo abiertos los procesos y buscando nuevas formas creativas de participación.
Una asamblea efectiva comienza antes de reunirse
Ante la pregunta sobre cómo diseñar una asamblea local sinodal efectiva, Brighenti insistió en la importancia de la preparación. Una asamblea no debería ser un acontecimiento aislado. Su realización necesita estar precedida por un proceso de escucha y preparación que permita que las comunidades lleguen al encuentro con experiencias y aportes reales. “El durante va a engendrar un después” cuando existe un buen antes, manifestó. Por eso, la asamblea debe ser simultáneamente “punto de llegada” y “punto de partida”.
La Hna. Cannavina agregó que la preparación debe garantizar una participación amplia y evitar que los espacios queden reservados a “los de siempre”. La pregunta por quién participa, quién tiene la palabra, quién es escuchado y quién queda fuera debe acompañar todo el proceso.
Bytton planteó incluso la posibilidad de reconocer nuevas responsabilidades, como la figura del facilitador de procesos sinodales, y fortalecer el papel de los equipos sinodales para ampliar la colaboración de jóvenes, adultos y personas mayores dentro de las comunidades.
El encuentro concluyó con una invitación a multiplicar la información, formarse y compartir experiencias. Desde el Centro Bíblico Teológico Pastoral para América Latina y el Caribe se recordó también la oferta de cursos de formación y la posibilidad de acceder a becas y descuentos para continuar la preparación.
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