Nos olvidamos que somos tierra, para dar paso a la noción de un humano colocado en el escenario de la naturaleza. Así nos hemos ido separando de ella, adoptando la idea de que somos otra cosa y no la propia naturaleza.
Toda la materialidad de la tierra está llena del espíritu de Dios, tiene un valor, una dignidad y una bondad en sí misma por el hecho de ser creación Suya. La falta de conciencia al respecto, nos ha llevado a hacer de la casa común algo meramente utilitarista.
Debemos asumir nuestro pecado ecológico, volver a casa, reconciliarnos con el mundo. Entender que somos en comunidad, hilos frágiles, en comunión de destinos con todos los demás seres.
Surge así la invitación a vivir la afiliación, la condición de hijos e hijas, bajo una fraternidad universal, que abre un nuevo horizonte a la forma de peregrinar.
Un peregrinar donde el ser humano presta al resto de las criaturas su voz racional, para que unida a ellas y en solidaridad mutua puedan alabar y servir a Dios.
Un peregrinar que renuncia a estar sobre las cosas para situarse junto a ellas, buscando vencer el instinto de dominación.
Un peregrinar que al escuchar el grito de la tierra unido al de los pobres, entrega su vida al cuidado y defensa de todas las formas de vida, de los pueblos y territorios.
Así el peregrino, mártir de la casa común, adopta un estilo desde abajo, con los de abajo y para los de abajo.