Todos los bautizados son igualmente hijos adoptivos de Dios Padre, son igualmente miembros del Cuerpo místico de Cristo, y son igualmente templos vivos del Espíritu Santo, por lo tanto, los carismas y talentos anexos a ello los hace capaces de ser protagonistas en las distintas dinámicas eclesiales, no son entes secundarios o simplemente accidentales. Precisamente la Iglesia en su característica sinodal por tanto reconoce todo el aporte positivo que cada laico, como todo sacerdote, y todo bautizado puede dar para el bien de toda la Iglesia. Los pastores de la Iglesia, en primer lugar los Obispos, pueden ser sanados en su tentación de autoritarismo o abusos de autoridad, y también pueden ser iluminados válidamente por los variados consejos tanto de laicos como de presbíteros, así estos consejos usen la forma literaria de la crítica. Una de las características de la dignidad bautismal de todos es ser profetas, con la cual, en forma de crítica, el Espíritu Santo llama la atención sobre aquello que no corresponde a la fidelidad al querer de Dios
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