La dignidad bautismal permite valorar la participación activa de todos, especialmente de los laicos, cuya experiencia y compromiso pueden aportar nuevas perspectivas a la vida eclesial.
En este camino, reconocer el liderazgo y la responsabilidad de las mujeres constituye un reto importante, pues exige superar prácticas culturales que han limitado su participación y favorecer espacios reales de decisión y servicio.
Una Iglesia sinodal se construye cuando todos pueden aportar sus dones y participar responsablemente en el discernimiento y la misión. ¿Qué cambios concretos necesitamos para que esta corresponsabilidad sea realmente visible en nuestras comunidades?
La sinodalidad también transforma la manera de ejercer la autoridad: ya no se entiende solo como dirigir, sino como escuchar, discernir comunitariamente, acompañar y buscar juntos la voluntad de Dios. Esto requiere formación, diálogo, corresponsabilidad y confianza entre ministros ordenados, laicos y consagrados.
Una Iglesia sinodal está llamada a reconocer que los distintos carismas, vocaciones y ministerios no compiten, sino que se complementan y enriquecen la misión común.