La sinodalidad se establece hoy como expresión discipular por excelencia de la vivencia comunitaria del Evangelio del Reino de Dios. Entender la sinodalidad como un "caminar juntos", me hace pensar en algo que rompe el pensamiento de una estructura organizativa, es la esencia misma de una Iglesia llamada a encarnar la comunión en todos sus ámbitos. Como expone Juan Alberto Casas, la comunión en las Sagradas Escrituras se visibiliza a través de símbolos profundos como la unidad orgánica del cuerpo, conyugalidad y la mesa compartida. Tales símbolos demuestran que la relación con Dios es cercana y familiar: intrínsicamente comunitaria. La mesa común prefigura una fraternidad abierta donde todos tiene su lugar, expresando con la hospitalidad y la inclusión mutua un signo visible de acogida corresponsable, nadie se siente solo.
Este caminar comunitario es impulsado y transformado por la experiencia del testimonio del Evangelio. La Buena Noticia tal como expresa Xabier Pikaza al abordar el Evangelio de Marcos, no es una doctrina abstracta, sino la proclamación liberadora de que el Reino de Dios está cerca y actúa en la historia. Quien experimenta verdaderamente esta verdad es transformado por el testimonio de Jesús. el verdadero testigo fiel. La expresión martyria no se reduce a palabras, sino en exigencia de una entrega real que impacta la realidad donde vivimos. La experiencia del Evangelio desinstala al ser humano y lo reconfigura, dándole capacidad para el testimonio en medio de las tensiones del mundo, manifestando que Dios es el Señor de la historia y el Dios justo que salva.
De esta transformación brota de manera natural el auténtico seguimiento de Jesús "el camino". Siguiendo las reflexiones de José María Castillo, el seguimiento no puede convertirse en inmovilidad o mera observación de ritos. Seguir a Jesús exige ponerse en los caminos de la historia compartiendo su destino y sus riesgos. Este seguimiento se realiza siempre dentro y en favor de una comunidad.
Finalmente, este seguimiento se traduce en un compromiso con el Reino de Dios y su justicia. Este Reino irrumpe en la historia humana para traer liberación y misericordia frente a cualquier miseria humana, sea material sea moral. La comunidad discipular y sinodal no puede ser indiferente al sufrimiento. El compromiso se traduce en una opción fundamental por los pobres, los marginados y los pecadores, traduciendo la gracia recibida en estructuras de solidaridad y compasión. En conclusión, comprendo que la sinodalidad es el espacio vital donde el testimonio del Evangelio se convierte en seguimiento comunitario.