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PUEBLO DE DIOS, SINODALIDAD Y MISIÓN

Al leer a Galli encontramos varios elementos que se relacionan entre sí: el Pueblo de Dios, la reforma-conversión misionera, los discípulos misioneros, la piedad popular encarnada en la realidad de cada pueblo y los pobres en el corazón de Dios y de la Iglesia; no son temas separados, pues Francisco propone una Iglesia que se reforma cuando sale a evangelizar; por eso la conversión es un cambio de nuestras mentalidades, prácticas y estructuras eclesiales. Galli lo expresa con claridad cuando presenta la misión como camino de la reforma y recuerda el deseo de Francisco de que las estructuras se vuelvan más misioneras.

Esta conversión tiene como sujeto al Pueblo de Dios y, desde el bautismo recibimos una  dignidad y somos llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia;  todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio y cada bautizado está llamado a vivir como discípulo misionero. La Iglesia es un pueblo peregrino que camina en la historia y que, con distintos carismas, ministerios y vocaciones, comparte una misma responsabilidad evangelizadora.

La vinculación con la sinodalidad se cuando la misión pertenece a todo el Pueblo de Dios, necesitamos aprender a caminar juntos, escucharnos, dialogar y discernir bajo la acción del Espíritu.

 El Documento Final del Sínodo recuerda que la Iglesia nace del bautismo y que los fieles son convocados a la santidad y a la misión como un pueblo reunido por Dios, no como individuos aislados. 


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Otro elemento que destaca Galli es la piedad popular, pues Francisco asume, completa y universaliza la enseñanza de Aparecida al presentarla como una verdadera “mística popular”: una expresión teologal y cultural del encuentro con Cristo que posee una fuerza evangelizadora; la fe no se vive fuera de la cultura; cada pueblo la recibe y la expresa desde su historia, sus símbolos y su manera concreta de vivir, por eso el Pueblo de Dios tiene muchos rostros y la Iglesia no puede ser monocultural ni uniforme. La espiritualidad popular nos muestra una fe que se hace vida y que permite que el Evangelio se encarne sin borrar la identidad de los pueblos.[1]

Esta diversidad también ilumina la sinodalidad: caminar juntos no significa que todos tengamos que expresarnos de la misma manera, sino aprender a vivir la unidad acogiendo diferencias legítimas. El Documento Final insiste en que la diversidad de las Iglesias, carismas, ministerios y vocaciones contribuye a la riqueza de la Iglesia universal y que la unidad en la fe no significa uniformidad;[2] Esto nos invita a reconocer la voz de cada comunidad y a descubrir que la misión se realiza en realidades concretas, donde las personas expresan su fe desde su propia vida y cultura.

Finalmente aparece la opción preferencial por los pobres, que no puede quedar como un tema añadido a la misión, porque Galli recoge de Francisco el deseo de “una Iglesia pobre para los pobres” y recuerda que la opción por ellos implica una atención religiosa privilegiada y prioritaria; los pobres no son solamente destinatarios de nuestra ayuda; forman parte del Pueblo de Dios y nos interpelan a salir de nosotros mismos, acercarnos a las periferias y mirar la realidad desde quienes sufren. Una Iglesia en salida necesita dejarse tocar por esas realidades y reconocer allí una llamada concreta del Evangelio.[3]

Concluimos que somos llamados a ser una Iglesia sinodal y misionera, capaz de escuchar, dialogar y discernir juntos para anunciar con alegría el Evangelio; la reforma-conversión, el Pueblo de Dios, los discípulos misioneros, la piedad popular y la opción por los pobres se encuentran en un mismo movimiento: una Iglesia que sale, se deja renovar por el Espíritu y aprende a caminar con los pueblos a los que sirve. La misión necesita de la sinodalidad para ser vivida corresponsablemente, y la sinodalidad encuentra en la misión su orientación y su sentido.

Pregunta para el conversatorio: ¿Qué desafíos encontramos hoy para formar y acompañar al Pueblo de Dios en una Iglesia cada vez más sinodal y misionera?




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